
Federer ha vuelto a perder. Lo ha hecho ante su compatriota suizo Wawrinka por 6-4 y 7-5, y se despide así del Master Series de Montecarlo, el torneo que le vio finalista en las tres ediciones anteriores.
Cuentan que su juego sobre el polvo de ladrillo monegasco ha sido irreconocible, impropio del ex-número 1 del mundo que es. Muchas cañas, demasiados golpes de derecha a la red, y un paupérrimo porcentaje en el primer servicio. Pero lo que más han destacado ha sido su ritmo cansino y apático sobre la pista, más propio de alguien que está siendo obligado a jugar que de quien pretende el disfrute personal o la victoria para recuperar el trono perdido.
No sé a vosotros, pero a mí me sorprende mucho la actual vulnerabilidad del otrora tenista invencible. A día de hoy no se hace raro ver a Roger perder ante rivales muy inferiores a él. Y creo que la razón ante semejante descalabro tiene nombre propio: Rafa Nadal, un tenista probablemente inferior a nivel técnico, pero con un físico y una mente tan fuertes que son capaces de bloquear cualquier talento por grande que sea. Las lágrimas de Federer en Australia no son más que el reflejo de la ansiedad y la frustración ante quien le tiene tomada la medida. Yo estoy convencido de que si Rafa no existiera, Roger no habría perdido hoy. Es más, sin Rafa se aburriría jugando a tenis, porque excepto a Murray los aplastaría a todos.
Sé que no soy quién para hacerlo, pero recomendaría a Federer un tiempo de descanso, un paréntesis para salir del bloqueo mental en el que está metido. Creo que así volveríamos a ver su mejor tenis. Además, a estas alturas, una final que no sea la Nadal-Federer, la de siempre, pierde bastante gracia. Eso sí, que vuelva pero que siga ganando también el de siempre.